Desde Pakistán hasta Tíbet, la cordillera de los Himalayas albergaba una sucesión de pequeños reinos que a lo largo de la historia fueron devorados por las grandes potencias vecinas, con la excepción de Bután, el único que ha sido capaz de conservar su independencia. Los butaneses creen que este logro se debe a la protección de una diminuta reliquia traída desde Tíbet. Se trata de una estatua del tamaño de un diente del bodhisattva de la compasión, que apareció milagrosamente en una vertebra de Tsangpa Gyare, el fundador de la escuela de budismo tibetano Drukpa Kagyu, y el cuál atesoran en la fortaleza de Punakha.
Sea como fuere, con la reciente apertura de Bután al turismo, tenemos la oportunidad de experimentar las singularidades de esta última muestra del pasado casi intacta. Tanto sus tradiciones y cultura, como la mejor expresión de arquitectura tibetana del mundo, ya que en el Tíbet, tras la Revolución Cultural y la invasión china, gran parte ha sido destruida.

El Bután actual se encuentra inmerso en un proceso de modernización a su manera, integrando los avances qué y cómo consideran, pero siempre con un fuerte respeto y conservación hacia su cultura. Algunas curiosidades que llamaron mi atención: la primera televisión se encendió en Bután en 1998 y las primeras elecciones se realizaron en 2008, dentro de la transición a una monarquía parlamentaria.
Bután para nosotros lleva siendo un sueño desde hace muchos años. Nuestro primer intento de visitar el país fue en 2017. Disponíamos de una semana larga de vacaciones en otoño por lo que era perfecto para este destino. Sin embargo, la situación que vivíamos en ese momento no nos permitió organizar el viaje con la antelación que requiere. Así que finalmente redirigimos nuestros pasos a China, un viaje a un país que al ser muy turístico es muy fácil de organizar y por tanto para destinos improvisados es ideal. Por fin, casi 10 años después hemos podido visitar este país. Todavía me cuesta creerlo. Ha sido uno de los viajes más bonitos y especiales de mi vida y estoy segura de que va a ser una de esas experiencias que siempre voy a conservar en mi corazón.


Indice

El territorio que hoy es Bután formó parte del imperio tibetano hasta el siglo XI. En estas tierras la religión existente era el Bon, una fe muy antigua basada en creencias animistas y chamánicas hasta que en el siglo VII se introdujo el budismo en la región, de cuya fusión nació el budismo tibetano.
Aunque ya hemos tenido contacto con la religión budista en otros viajes a Asia, como en Japón, China o Camboya, esta será nuestra primera toma de contacto con el budismo tibetano y la verdad es que no creo que pudiera haber habido una mejor. Durante el recorrido por el país hemos podido visitar numerosos monasterios, templos, estupas y festivales que nos han permitido aprender, gracias a nuestro guía que fue capaz de satisfacer nuestra infinita curiosidad, la doctrina, creencias, divinidades, prácticas, símbolos y códigos de conducta de ésta religión, con una profundidad que de otra manera no hubiera sido posible.
Podría decirte mis visitas favoritas para empaparte de él o desde un punto de vista arquitectónico las mejores por su belleza, como pueden ser el Nido del Tigre, Khamsum Yulley Namgyal Chörten o Kyichu Lhakhang. Pero es que cada uno de los lugares que hemos visitado nos ha aportado un aprendizaje y aunque alguno no fuera tan deslumbrante como otros, ofrecía una historia, un conocimiento o un ritual que lo hacía tan valioso que me es imposible no recomendarlo.

Tras la desintegración del imperio tibetano, el territorio se desmembró en pequeños feudos hasta que en el siglo XVII con la llegada de Ngawang Namgyal (Zhabdrung Rinpoche), un lama del Tíbet, estos se unificaron bajo la nación que hoy conocemos como Bután, nombre que viene del sánscrito y significa «sur del Tíbet».
Los principales vestigios de este gobierno teocrático son una serie de fortalezas monásticas que muestran la más sublime expresión del arte tibetano. La finalidad de estas construcciones era militar, religiosa y administrativa. Aún hoy muchos de ellos conservan estas funciones, albergando las sedes regionales del gobierno y monasterios.
A nosotros los dzongs nos han dejado realmente fascinados. Es de las arquitecturas más impresionantes que hemos visto nunca. Sus murallas, torres, sus patios y corredores repletos de pinturas, las ornamentadas ventanas de madera, sus ubicaciones en lo alto de promontorios protegidos por el cauce de feroces ríos, sus puentes de acceso, los altares y decenas de templos de su interior, ver la vida monástica, los singulares tejados…
Nuestros favoritos: Wangdue Phodrang Dzong, Trongsa Dzong, Punakha Dzong.

Creo que Bután es el país en el que mejor me he sentido. ¿Por qué? Porque nadie juzga. Por primera vez he sentido aquello que tantas veces había leído: todo es neutro, y que tantas veces había intentado poner en práctica, pero que en mí, a veces, y en mi entorno, siempre generaba una explosión nuclear.
Pero fue llegar allí, un lugar donde eso mismo es tan obvio y natural, que sumergirse y dejarse llevar por ese bienestar fue glorioso. Nunca me había sentido tan libre. Nunca había disfrutado tanto comunicándome con extraños o viviendo situaciones tan culturalmente opuestas. Nunca nada tan presumiblemente incómodo había sido tan agradable.
Y ahora que por fin lo experimento completamente creo que me va a ser más fácil volver a ese estado aquí, en mi hogar. Gracias Bután.
Realmente no sé si esto es algo único de Bután o que simplemente yo lo encontré allí y que otros puede que lo encontraran allá, o que no dependa del sitio… o también puede que quizás sea algo vinculado al budismo, o sólo al tibetano… Pero por si pudiera estar ligado a esto último y como Bután nos ha gustado tantísimo y hemos estado tan a gusto, hemos decidido que el próximo año nos vamos al Tíbet. Os cuento a la vuelta lo que he sentido allí.

Las fronteras de Bután están abiertas a los turistas desde hace unos pocos años. Y aunque ahora se nos permite visitar el país debemos hacerlo cumpliendo una serie de normas:
A consecuencia de todo ello, el viaje resulta mucho más caro que en otros destinos en los que puedes viajar por libre, aunque en nuestro caso haya merecido totalmente la inversión.

En butanés el país toma el nombre de Druk, que significa la tierra del dragón del trueno. El motivo de llamarse así es debido a que esta región es muy tormentosa, especialmente durante el verano, la época de lluvias. Los butaneses pensaban que los truenos eran rugidos de un dragón y por eso le pusieron ese nombre.
Como puedes ver, si hay alguna época a evitar esta sería el veran, por las lluvias, aunque también es conveniente, siempre que se pueda, evitar el invierno, pues es una época muy fría en la que, aunque cada vez menos, suele nevar.
Las temporadas altas por tanto, son la primavera y el otoño, por su clima agradable aunque también por ser la temporada de festivales, especialmente en otoño donde la mayoría se concentran entre finales de septiembre y noviembre.
Me parece imprescindible hacer coincidir tu viaje a Bután con algún festival, donde disfrutar de las tradiciones, etnografía y folclore. Una experiencia que hará aún más especial tu visita al país.
Nosotros viajamos la segunda semana de noviembre para asistir al Festival que da la bienvenida a la Grulla de Cuello Negro, un ave singular que vive en la alta meseta del Tíbet y viaja para pasar el invierno a los valles de Bután. Además coincidió que esa semana había también un Festival para Rezar por la Paz Mundial, así que pudimos ver algunos templos envueltos en mantras y repletos de peregrinos y monjes. Fue algo fascinante.
Del 9 al 16 de noviembre de 2025
Aunque siempre incluyo en el tiempo del itinerario los vuelos para dar a conocer de una manera más realista el tiempo que será necesario para realizar el viaje, en esta ocasión no lo he hecho. Bután es un destino al que es costoso llegar, tanto en tiempo como en dinero, por eso la mayoría de los visitantes lo hacen combinándolo con otro destino, principalmente Nepal o India. Es por eso que he pensado que sería mejor indicar simplemente el tiempo que estuvimos en el destino.
Nuestro vuelo aterrizaba en Paro a las 7:00h después de un trayecto de 3 horas desde Bangkok. Con el estómago lleno de pad thai, algo que se está volviendo una tradición cada vez que hacemos escala en este aeropuerto, sobrevolamos un paisaje espectacular en el que claramente destacaron las montañas del Himalaya, con las siluetas del Everest, los Annapurnas y otros muchos ochomiles y sietemiles.

Extasiados bajamos la escalera del avión. No me podría creer estar al fin cumpliendo este sueño. Simplemente con echar un vistazo al aeropuerto fui consciente de la increíble experiencia que nos esperaba. Ese moderno edificio ya nos parecía una increíble obra de arte, pues estaba construido en el estilo arquitectónico tradicional tibetano. Posteriormente confirmaríamos que prácticamente todos los edificios de Bután son así. Además los butaneses utilizan sus trajes tradicionales la mayor parte del tiempo, para trabajar en el sector turístico o en la administración, para las fiestas o para ir a rezar a los templos, por lo que esto te permite vivir una experiencia muy inmersiva, haciéndote viajar no solo en el espacio sino que parece que también lo hagas en el tiempo.
Tras pasar con mucha diligencia el control de extranjería, recogimos las maletas y nos encaminamos a la salida. En la puerta localizamos a nuestro guía, el cual nos entregó unos pañuelos de bienvenida de color blanco, la khata budista, el pañuelo sagrado tibetano que se utiliza a lo largo del Himalaya como ofrenda de compasión y pureza de corazón.
Tras las presentaciones con nuestros anfitriones en el país, el guía y el conductor, pusimos rumbo a Thimphu, la capital de país. De camino, nada más salir de Paro hicimos nuestra primera parada en esta ruta de 7 días por Bután.

Cruzando el clásico puente himalayo, en paralelo a su antigua replica del siglo XV, alcanzamos en un promontorio un templo privado, Tachogang Lhakhang. Accedimos a su interior donde nos fascinaron sus coloridas pinturas y aprender sobre la simbología o elementos rituales. Al salir del templo, la familia dueña y encargada de su cuidado, nos invitó a su casa a tomar un té con leche. Sangay, nuestro guía, nos recomendó no tomar leche, al no estar pasteurizada y nosotros no estar acostumbrados, posiblemente no nos sentaría bien.
Continuamos el viaje por carretera flanqueados por banderolas de oración. Sangay nos explicó que se estaba celebrando el Festival para Rezar por la Paz Mundial y éstas eran para dar la bienvenida a los asistentes. Por la tarde asistiríamos a uno de los actos. Debido al festival había bastante tráfico y encontramos atascos en la capital. Muchos peregrinos de todas partes de Bután y de otros lugares del mundo estaban allí para asistir al festival y recibir su bendición. Sangay se disculpaba continuamente, nunca había visto tanto tráfico y aglomeraciones, estaba resultando dificultoso poder acceder a los monumentos. Hay que tener en cuenta que Bután es un país muy poco poblado, unos 800.000 habitantes, y su capital, el núcleo poblacional más grande, no alberga a más de 150.000. La infraestructura de la ciudad no estaba capacitada para absorber tal cantidad de visitantes. Nosotros le tranquilizábamos, esto distaba bastante de ser una aglomeración agobiante para nosotros y desde luego este no era el primer atasco de nuestra vida.

Conseguimos llegar al Memorial Chorten, una estupa construida en honor al tercer rey de Bután por su madre. Aquí aprendimos sobre las ruedas de oración, las formas de rezar y la postración, la estructura religiosa de la estupa dividida en diferentes pisos y su finalidad.
Al salir, el atasco había alcanzado su grado máximo, así que decidimos ir al hotel, acomodarnos y almorzar allí. Tras la comida, la ruta de acceso se encontraba más descongestionada así que nos fuimos a visitar el Gran Buda Dordenma, lugar en el que se estaba celebrando el festival. No teníamos conocimiento de esta celebración, por lo que no habíamos hecho coincidir a propósito el viaje para asistir, pero lo cierto es que fue una grata sorpresa, ya que nos permitió vivir una celebración religiosa que nos resultó muy interesante y que creó un aire muy místico en varias visitas durante todo el viaje, ya que el festival duró toda la semana.

En primer lugar, accedimos al templo bajo la estatua de 51 metros del gran Buda. El dorado interior contenía más de 100.000 estatuas de Buda. Fue bastante abrumador. La lección de la tarde fue sobre la jerarquía eclesiástica del budismo tibetano y los preceptos de éste. Después salimos al patio y disfrutamos del festival. Fascinados por los mantras que cientos de monjes recitaban, observamos a los peregrinos recibiendo las bendiciones. Daban vueltas en el sentido de las agujas del reloj alrededor de una gran torre tejida en hilos y llena de muñecos, en los que por medio de ofrendas y postraciones dejaban absorber sus pecados en estos, que posteriormente serían arrojados al río.

Puedes un vídeo resumen que publiqué en nuestra cuenta de Instagram para hacerte una idea del ritual.
Tras este éxtasis espiritual, nuestro siguiente punto en la agenda era la Escuela de artes y oficios tradicionales, Zorig Chusum, sin embargo, estaba cerrada ya que todos se encontraban en el festival. Así que cambiamos de planes y aunque no estaba previsto visitamos la Reserva del Takín de Motithang, un animal muy curioso de estas tierras que parece una mezcla entre vaca y cabra. Como preveíamos no nos gustó mucho.
Para finalizar el día visitamos el dzong de Thimphu, Tashichoe, que sólo está abierto a turistas a partir de las 17:00h. Vimos el acto que realiza la guardia para recoger la bandera y dimos un pequeño paseo por el patio central, que da acceso a los templos religiosos. En esta fortaleza no está permitido ver mucho más, ya que los edificios están cerrados al turismo debido a que están en uso como sede del gobierno central de Bután. La visita nos supo a poco y nos dejó con ganas de más, por lo que es mejor hacerla el primer día, como primer contacto con los dzong.

El primer día en Bután llegaba a su fin y había sido muy vibrante y sorprendente.
Amanecimos completamente recuperados tras el madrugón que nos tuvimos que pegar para tomar el vuelo a Bután. El hotel era muy cómodo y confortable, todo un lujo asiático. Tras el desayuno pusimos rumbo al valle de Punakha. El Festival para Rezar por la Paz Mundial estaba en ebullición así que nos costó casi 2 horas conseguir salir de la capital. Una vez en marcha recorrimos una serpenteante carretera de montaña dentro de un interminable bosque de coníferas. Al borde de la carretera encontramos puestos de comida, donde nos llamaron la atención unas ristras de cubos blancos. Nos explicaron que era chugo, un queso duro de leche de yak que los butaneses utilizan como chicle.

Llegamos al paso de montaña, Dochula Pass a 3.100 m. Hicimos una parada para visitar un memorial con 108 estupas, Druk Wangyal Chortens, y varias cuevas destinadas a la devoción de figuras importantes del budismo tibetano. Aunque las nubes cubrían las vistas del Himalaya, nos resultó muy curioso así que destinamos más tiempo del inicialmente previsto. Volveríamos a pasar al final del viaje de regreso a Paro, tendríamos una segunda oportunidad por si en esa ocasión las montañas se dejaban ver.
Descendimos el paso zigzagueando dentro de un espeso bosque, por una carretera llena de baches, vacas y monos hasta alcanzar el templo de la fertilidad, Chimi Lhakhang.
La construcción de Chimi Lhakhang rinde homenaje a Drukpa Kunley, un maestro budista tibetano conocido como » el Loco Divino» debido a sus poco ortodoxos métodos de enseñanza, basados en el humor.

El templo no resulta atractivo por su arquitectura, pero permite experimentar muchos rituales que se practican en él, principalmente asociados a la búsqueda de la fertilidad, aunque también se suele traer a los niños para dar gracias por haber sido bendecidos con ellos y para pedir por su protección. Nosotros practicamos todos los ritos habidos y por haber, bueno casi todos, a dar vueltas al templo cargando a la espalda con un falo gigante de madera me negué 😄. Pero nos bendijeron apoyando el falo de madera en nuestras cabezas, nos echaron agua bendita, nos colocaron un hilo anudado a la muñeca como amuleto, nos dieron una bolita de arcilla para comer y tiramos los dados para leernos el futuro. Un 66% de probabilidades de tener hijos dijo el monje que tenemos. No sé qué opinará Durex al respecto, porque a nosotros nos ha vendido que hay un 99% de probabilidades de que no.
Saliendo del templo dimos un paseo por el pueblo. Resulta curioso ver como los falos están por todas partes como amuletos de protección. Hay gran cantidad de tiendas que los venden y las fachadas de las casas también están decoradas con ellos.

Se nos había echado el tiempo encima y ya era hora de comer. Entre el atasco y que nos estábamos tomando las visitas muy relajadamente, pues todo nos llamaba la atención y no parábamos de preguntar continuamente al guía, no nos dio tiempo de visitar el dzong de Punakha. Decidimos dejarlo para el día de regreso a Paro, sin embargo, os lo describo aquí para que lo tengáis todo bien ordenado.
El dzong de Punakha es mi favorito en cuanto a vistas exteriores. Se encuentra ubicado en la confluencia de los ríos Madre y Padre, en una gran posición estratégica que muestra una vista de ensueño junto a su puente. Al cruzar el tradicional puente de madera para acceder a su interior, puedes ver una exposición fotográfica sobre su construcción y reconstrucción, tras ser destruido por una riada. El interior de la fortaleza aún siendo una autentica belleza, no me pareció tan espectacular como otros, ni tampoco tan grande. El edificio es muy relevante por albergar varias reliquias y ser uno de los más antiguos del país. A nosotros nos impresionó especialmente la belleza de su templo.


Tras almorzar en un restaurante para turistas nos dirigimos a Khamsum Yulley Namgyal Chörten, una espectacular estupa. Para alcanzarla tuvimos que caminar unos 20 minutos hasta lo alto de una colina. El sendero entre los cultivos de arroz es muy agradable y pintoresco, lleno de agricultores recogiendo la cosecha. Esta fue la estupa que más nos impresionó del viaje, por su arquitectura, las fabulosas vistas del valle desde su terraza superior y por las esculturas de Vajrakilaya y su consorte en su interior . 100% recomendable.
Vajrakilaya es una poderosa deidad del budismo tibetano que suele representarse fundiéndose en un abrazo junto a su consorte. Juntos simbolizan la unión de la sabiduría (mujer) y la compasión (hombre), virtudes muy veneradas para ayudar a alcanzar la iluminación.



De camino al hotel hicimos una parada, simplemente porque nos caía de camino y porque nos sobraba un poco de tiempo antes del anochecer, para cruzar el puente colgante sobre el río Pho chu, famoso por ser el más largo de Bután, con 160 metros. Después de nuevo hicimos una parada en el dzong de Punakha pues con la luz del atardecer se veía precioso. Esta última parada puso el broche perfecto a nuestro segundo día en Bután.

Con un nuevo día por delante y presos de la emoción, pues hoy íbamos al Festival de la Grulla de Cuello Negro, nos pusimos rumbo al Valle de Phobjikha. El trayecto volvía a ser muy bonito, por el interior de un denso bosque, con pequeños santuarios a pie de carretera llenos de banderas de oración y aldeas, un paisaje salpicado por llamativos árboles cargados de flores rosas, que curiosamente estaban en floración en pleno noviembre.
Cuando ascendíamos el Paso Lawala a 3.250 m, el bosque comenzó a cubrirse de líquenes y las vistas de las montañas hacían el paisaje aún más glorioso. A lo lejos podía verse el Monte Jomolhari, que con sus 7.326 m de altura es la segunda cima más alta de Bután. Atravesado el pequeño puerto con algunas tiendas de artesanía, un largo valle se extendía ante nosotros, donde las vacas habían dado paso a los yaks. Nuestro destino era el Templo Gangtey, donde pasaríamos toda la mañana disfrutando del festival.
Una vez en el patio del templo encontramos un espacio habilitado con asientos para turistas, donde como pudimos nos hicimos un sitio. La mañana transcurrió entre muchos espectáculos, principalmente de escolares, que aunque son agradables y emotivos no son comparables con la belleza de las danzas de máscaras de los adultos.
Os dejo algunos vídeos del espectáculo que subí a nuestra cuenta de Instagram: vídeo 1 y vídeo 2.


Me sorprendió mucho el trato de los servicios de protección civil, en todo momento pendientes de mantener las vías de evacuación abiertas y que todo discurriera con seguridad. Su bendita paciencia con los turistas y sus fotos, que cada 5 minutos tenían que desalojar de los pasillos, siempre con una sonrisa y explicando tranquilamente y por millonésima vez a los turistas que si se colocaban ahí para tomar fotos tapaban la visión de otros espectadores. En la cara de estupefacción de los turistas podía leerse un «y a mí que me importa que los demás no vean». Somos tan iguales y tan distintos al mismo tiempo.
A media mañana tuvieron la cortesía de repartir a todos los turistas té con leche para entrar en calor y galletas de mantequilla.
Sobre la 13:00h, y ya algo cansados de actuaciones, visitamos el interior del templo y el patio trasero. Me pareció muy bonito su interior, te recomiendo que no pierdas la oportunidad de verlo. En el interior de los lugares de culto no está permitido hacer fotografías por lo que por eso no verás ninguna en toda la guía.

Para almorzar visitamos una casa de comidas local junto al monasterio, donde probamos platos tradicionales de su gastronomía: una sopa de calabaza y un estofado de ternera, arroz rojo y por supuesto Ema Datshi, el plato típico del país y que nunca falta en la mesa butanesa. La comida estuvo muy buena y ¡muy picante también!
Desde el monasterio tomamos el sendero Gangtey Nature Trail, un paseo de 3,5 km muy agradable por el bosque, con miradores para observar las grullas. Aunque como nosotros, no tengas suerte de encontrar grullas, las vistas de los meandros son muy bonitas. A Sangay le llegó el chivatazo de que las grullas estaban en la otra margen del valle, junto al Centro de Visitantes de la Grulla, así que allí nos dirigimos en coche.


Además de ver la exposición, en la planta alta disponen de varios telescopios para observar las grullas. Tras ver varios grupos de grullas con ellos, vimos de cerca un par de grullas heridas de las que cuidan en el centro.
Al caer el sol nos fuimos al calor de nuestro bonito hotel en el valle. Se nota que a 3.000 metros las noches son más frías. Recomendable reservar un hotel con calefacción en esta zona. En esta época del año la temperatura por la noche baja de cero.
Este día teníamos planeada una jornada larga de coche para visitar el dzong de Trongsa, uno de los mejores del país. Sería un viaje de ida y vuelta, regresando para pasar la noche en el mismo hotel del Valle de Phobjikha. No disponíamos de más días para seguir adentrándonos hacia el este de Bután.
Ascendimos de nuevo el Paso Lawala para regresar a la carretera principal que cruza Bután de oeste a este. Regresamos a las serpenteantes carreteras de montañas, aunque se notaba que este tramo estaba en peores condiciones. Tuvimos que detenernos un rato pues un deslizamiento de tierra había cubierto la carretera y estaban trabajando para despejarla. Finalmente, conseguimos llegar a nuestra primera parada en el camino: Tashiling Lakhang.

En este templo también se estaba celebrando el Festival para Rezar por la Paz Mundial. Muchos monjes de los monasterios de la zona se habían congregado allí. Tomamos asiento bajo una de las carpas y nos dejamos envolver por los mantras. Nos obsequiaron con un té de mantequilla, tan típico de la región de los Himalayas. A diferencia de otros lugares donde lo hemos probado, aquí le incorporan una cucharada de arroz inflado, que le aporta un toque crocante a esta bebida de sabor tan intenso. También nos pusieron una caja de galletas de mantequilla. Nada especial, como la que puedes encontrar en cualquier supermercado, pero todo un detalle.
Continuamos la carretera de montaña, sorteando vacas y monos como los días previos, sin embargo, los agrestes desfiladeros ahora están repletos de tsugas del himalaya envueltas por húmedas nubes. Las cascadas nos sorprenden intercalándose con los pequeños santuarios y banderas de oración.
Antes del llegar a la fortaleza hicimos una parada en un mirador y en la cafetería Willing Waterfall.

Teníamos previsto llegar caminando al dzong de Trongsa por un sendero que desciende al fondo de uno de los barrancos del Valle del Mangde Chuu y cruzando el río por un antiguo puente volver a ascender hasta la fortaleza, pero Sangay nos indicó que no era seguro realizar la ruta por ser época de serpientes, así pues que llegamos en coche a la puerta de la fortaleza.
Cruzamos un puente de madera y nos adentramos en el dzong más grande de Bután. Un laberinto de patios, pasillos y hasta 25 templos. El complejo alberga una considerable cantidad de monjes.
Pudimos observar como estos realizaban una clase de recitación de mantras guiada por un estricto maestro y aprender sobre la rueda del Samsara y sobre astrología tibetana. Nos resultó una visita super interesante. Creo que es el dzong más impresionante, arquitectónicamente hablando, que visitamos y además la experiencia cultural fue fascinante.



Nos llevaron a almorzar a un hotel de los alrededores y después visitamos la torre de vigilancia de la fortaleza, el dzong Ta, que hoy alberga uno de los museos nacionales. El otro museo se encuentra en Paro. Cada uno de ellos alberga exposiciones diferentes por lo que es recomendable visitar ambos. En el museo de Trongsa puede verse un pequeño documental y la exposición trata principalmente sobre la religión y la historia del país.
Tomando de regreso la carretera hacia Paro visitamos Wangdue Phodrang dzong, una de las fortalezas que más nos gustó. Aunque el edificio fue destruido por varios incendios y terremotos y lo que hoy vemos es una reconstrucción, el inmenso patio que alberga la zona administrativa me pareció el más impresionante de Bután. Además de la belleza de los estrechos patios interiores, que albergan la zona monástica con un sinfín de pequeños templos.




Después nos detuvimos en Punakha para ver su fortaleza, pues con las retenciones por el festival de Thimphu no tuvimos tiempo. Lo que teníamos previsto para este día, además de Wangdue Phodrang dzong, era comenzar las visitas de Paro.
Para almorzar probamos unos platos butaneses deliciosos. Bayzum, un guiso de cerdo y Ezay, un acompañamiento de cebolla y guindillas con cilantro, y por supuesto Ema Datshi, guindillas con queso, que ningún día podían faltar.

Comenzamos la mañana realizando el sendero de peregrinación a Taktsang Gompa, el Monasterio del Nido del Tigre. Un ancho sendero con unos 4 km aproximadamente hasta alcanzar el complejo monástico, siempre en ascenso hasta los 3.120 m, con un desnivel alrededor de 750 m.
El camino estaba abarrotado de gente, principalmente peregrinos realizando la kora. Un acto de devoción para generar mérito y conexión espiritual, siguiendo uno de los senderos sagrados más importantes fuera del Tíbet para budistas de todo el mundo.
Caminando entre la gente y algunas mulas que transportaban a turistas y «peregrinos», atravesamos bosques de pino azul, banderas de oración, ruedas de oración impulsadas por el agua y una cafetería al más puro estilo occidental.

Llegando a una de las cuevas de meditación próximas al monasterio, abandonamos el sendero principal y con ello a las multitudes, para adentrarnos en solitario hacia el templo Zangdok Pelri. Pasamos parte de la mañana meditando y haciendo algunas ofrendas en un espacio de paz absoluta. Una peregrina vietnamita se unió a nosotros y nos acompañó el resto de la jornada. Desde el templo había unas vistas muy bonitas al Monasterio del Nido del Tigre, que desde las alturas ahora se veía a nuestros pies.
Tras encender algunas velas de mantequilla y esparcir unas gotas de agua bendita, Jaime y yo decidimos seguir ascendiendo hacia el resto de templos que colgaban de los acantilados de la montaña y mi madre, nuestra nueva compañera vietnamita y Sangay comenzaron el descenso hacia el Nido del Tigre, haciendo otra parada para meditar en la cueva Machigphu Lhakhang.

Ascendimos hasta Ugyen Tsemo y Yoesel Gang, unos 220 m más de altitud, donde conocimos a una monja que estaba haciendo también la peregrinación y que nos acompañó con el murmullo de sus rezos en el descenso al Nido del Tigre. En lo alto de la montaña podía apreciarse un gran grupo de banderas de oración blancas ondeando al viento, nos explicaron que se trataba del enterramiento celestial de un bebé.
El enterramiento celestial es una práctica funeraria sagrada común en las provincias tibetanas de China, Bután y Mongolia. En este ritual, el cadáver descuartizado es colocado en la cima de una montaña donde es ofrecido a la naturaleza, especialmente a las buitres por su carácter sagrado. Una práctica en la que se honra al difunto ayudándole a liberar su alma y que va en consonancia con los preceptos budistas de la impermanencia, desapego, compasión y reencarnación.
En Bután la práctica funeraria principal es la incineración, tras la cual las cenizas son esparcidas en los ríos dada su naturaleza sagrada, sin embargo, para los bebés se practica el enterramiento celestial, pues está considerado como un acto supremo de compasión para llevar sus almas al cielo.

Para acceder al Monasterio del Nido del Tigre encaramado en la cornisa, tuvimos que dejar todas nuestras pertenencias en la puerta de acceso y, como en todos los lugares sagrados de Bután, estaba prohibido realizar fotografías. En su interior visitamos cuatro templos y varios santuarios integrados en las cuevas de la montaña. Por supuesto, la cueva más importante es en la que meditó Gurú Rinpoche. La tradición budista dice que éste voló desde Tíbet a lomos de una tigresa hasta llegar a Bután, dónde tras luchar con varios demonios, meditó en esta cueva. El recorrido por el complejo es muy interesante, pero hay que tener en cuenta que algunas cuevas son muy estrechas y con pasos aéreos por las cornisas, por lo que no todas son recomendables para personas con claustrofobia o vértigo. La cueva de la tigresa, su consorte, también puede visitarse justo al salir del monasterio.
De regreso a la ciudad paramos en una granja a comer. Se nos había hecho tarde, así que esto valdría de almuerzo-cena. Después de lo que disfrutamos la comida de ayer, Sangay consideró que ya estábamos preparados para un almuerzo 100% butanés. Nos prepararon una magnifica comida junto al río: un estofado de ternera; patatas con una salsa deliciosa de queso y guindillas; Ema Datshi, sí, más guindillas con queso, pero con un sabor distinto y mucho arroz rojo. Me hicieron falta toneladas de arroz para intentar sofocar el picante. Me ardía la boca, los labios y todo lo que rozasen esas guindillas. La comida estaba deliciosa pero era extremadamente picante. Por un lado no podría parar de comer, creo que me había vuelto adicta a cualquier clase de mezcla de queso con guindilla, pero me picaba tanto que tenía que parar y engullir montones de arroz para soportarlo. Parecía mi particular rueda del samsara: el placer siempre me arrastraba al castigo. Por suerte conseguí poner en práctica algo de lo aprendido y conseguí contenerme y soltar la comida.

Tras la comida nos prepararon un baño tradicional de piedras calientes. En una pequeña sala privada disponíamos cada uno de una bañera de madera individual en la que introdujeron una piedra caliente. El agua estaba ardiendo así que me costó bastante sumergirme. Cuando por fin conseguí meterme disfruté de una experiencia relajante. El agua estaba aromatizada con plantas silvestres. A los 30 minutos, más o menos en la mitad de la duración, nos ofrecieron echar más piedras calientes, pero no las aceptamos, no creo que pudiéramos aguantar más calor. Nos indicaron que si cambiábamos de idea diéramos unos golpecitos en la pared y echarían más. Un extremo de la bañera se encontraba fuera de la estancia, junto a la hoguera que calentaba las piedras y por donde ellos iban introduciéndolas.

Nuestro último día en Bután visitamos los monumentos de Paro y sus alrededores. En primer lugar, Dungtseg Lhakhang, un templo con forma de estupa y con unas pinturas muy interesantes en las tres plantas de su interior. En la puerta pudimos ver uno de los hornos que suelen utilizar los monjes cuando se retiran para meditar un año en la montaña. La falta de humo alerta de que necesitan ayuda. Como era muy temprano aprovechamos para meditar en la sala superior del templo hasta que la luz del sol incidió en nuestros cuerpos.

Nuestra siguiente parada fue el Museo Nacional de Paro, Ta dzong. Como os dijimos con anterioridad, nos parece complementario al de Trongsa, pues la exposición de éste es sobre la naturaleza, etnografía, folclore y arte. Dispone de una gran colección de thangkas, una pintura en rollo de tela utilizada para el culto en el budismo tibetano.

Tras dejar la torre de vigilancia que hoy es museo, nos dirigimos a la fortaleza Rinpung Dzong. Aunque ya llevamos visitadas unas cuantas fortalezas y esta no es la más impresionante, no deja de fascinarnos. Desde luego la arquitectura tibetana nos está encantado, superando incluso nuestras altas expectativas. Creo que no tardaremos en volver a disfrutar de ella.


Nuestra última visita fue Kyichu Lhakhang, un antiguo templo del siglo VII, considerado de los más sagrados de Bután. La historia de este templo esta vinculada a la leyenda de la expansión del budismo por todo el Himalaya. Dice esta leyenda que 108 templos fueron construidos al mismo tiempo para someter a un demonio, gracias a la devoción del gran emperador tibetano deseoso de extender su fé. Doce de estos templos se ubicaron en los puntos vitales del demonio para asegurar la propagación del budismo. Kyichu Lhakhang es uno de ellos y se encuentra sobre su tobillo izquierdo. Es por ello un importante lugar de peregrinación para budistas de todo el mundo.

El interior del templo principal es precioso. Las pinturas, la biblioteca de libros antiguos, las estatuas y los peregrinos, le aportan un gran misticismo.
Antes de tomar el vuelo de regreso, nos despedimos con un último almuerzo de momos.
Para viajar a Bután, los españoles necesitan un visado que debe tramitarse con antelación a la llegada. La tasa de visado nos costó 40$ USD. Puedes tramitarlo a través de la página web del Departamento de Inmigración, sin embargo, este es un servicio que ofrecen las empresas de turismo y del que suelen encargarse sin coste, por lo que puedes despreocuparte de ello si lo prefieres.
Además de la tasa de visado es obligatorio pagar una Tasa de Desarrollo Sostenible (SDF). Esta tasa es variable, en nuestro caso, 2025, fue de 100 USD por noche y se paga durante el proceso de solicitud ya que es requisito para la obtención del visado.
Se exige que el pasaporte tenga una validez mínima de seis meses y que, al menos, una página se encuentre en blanco.
No, no es posible viajar por libre en Bután. Es obligatorio ir acompañado de un guía todo el tiempo. Aclaro esto de «todo el tiempo» porque pudiera malinterpretarse como que vas a estar siempre vigilado y no es así. Durante las visitas de los monumentos dispones de tiempo libre para explorarlos a tu aire, en los restaurantes podéis comer solos si no queréis disfrutar de su compañía y en las ciudades principales puedes callejear por tu cuenta si te sobra tiempo tras las visitas.
Como he comentado anteriormente en el apartado de Lo peor de Bután, esto fue algo que nos echó para atrás en numerosas ocasiones, aún siendo este un destino muy deseado por nosotros. Sin embargo, y aún llevando una predisposición negativa, el resultado ha sido sorprendentemente positivo. Nos hemos sentido muy a gusto con nuestro guía de habla hispana y gracias a sus conocimientos hemos aprendido cosas que de otra manera no hubiera sido posible. Además, pudimos diseñar un programa privado completamente personalizado y ajustado a lo que queríamos hacer.
Desde 2022, Bután ya no exige que los viajeros reserven su viaje a través de un turoperador acreditado y esto, no me preguntes el por qué porque no lo entiendo, ha hecho pensar a algunas personas que abre la veda para poder viajar por libre. Sin embargo, como literalmente indica la frase, lo único que ha desaparecido es la obligatoriedad de tener que reservar todos los servicios con una única empresa. Ahora es posible contratar los alojamientos, traslados y guía de forma independiente, si así se prefiere.

Me gustaría aclarar también, pues he visto algunos influencers en RRSS transmitiendo una información errónea al respecto, que estos servicios NO están cubiertos con la Tasa de Desarrollo Sostenible. Esta tasa es un impuesto que se revierte en el desarrollo de los servicios públicos del país, como la sanidad, educación, infraestructuras y el desarrollo sostenible del país, por tanto se paga al gobierno al tramitar el visado. De forma independiente, el pago por los servicios de alojamiento, transporte, manutención y guía se paga a las empresas privadas que prestan estos servicios turísticos, como ocurre viajando a cualquier otro país. Uno de los servicios que puede ofrecerte una estas empresas es tramitarte el visado. En ese caso le pagarás a ellos la tasa de visado y de SDF y ellos se la pagarán al gobierno en tu nombre.
Para contactar con los guías o empresas certificadas, el gobierno butanés ha puesto a disposición el siguiente directorio para que puedas solicitarles presupuesto y contratar la que más te interese.

La única forma de llegar por aire a Bután es con alguna de las dos compañías nacionales del país: Drukair y Bhutan Airlines. Estas conectan la ciudad butanesa de Paro con India, Nepal, Tailandia y Emiratos Árabes.
El trayecto aéreo es un atractivo turístico en sí mismo, pues para acceder a Bután tienes que sobrevolar los Himalayas y las vistas de los picos más altos del mundo son todo un espectáculo.
La forma más cómoda de viajar por Bután es en coche. El transporte público es lento y poco frecuente, por lo que no nos permitirá llegar con facilidad a los principales puntos turísticos. En Bután no está permitido alquilar un coche sin conductor, por lo que tendrás que añadir esto a tus gastos.
Los butaneses son muy tranquilos al volante. No hay prisa, ni motivos por los que alterarse. Los únicos extranjeros que tienen permitido conducir en Bután son los indios, por que es habitual que cuando te cruces con alguien con una conducción más agresiva estos digan: «ese es indio«.

La carretera principal, cruza el país de oeste a este por una vía asfaltada, en bastante buen estado, aunque va empeorando cuanto más nos adentramos en el centro-este. Son carreteras de montaña muy sinuosas, y pueden resultar incómodas para las personas propensas a marearse. Los deslizamientos de tierra también son frecuentes en la región, por lo pueden encontrarse obstáculos para atravesarlas.
El país dispone de una masa forestal grandísima, por lo que el recorrido en coche a través de estos bosques es una delicia. El camino, a menudo, se comparte con los animales, principalmente vacas y monos.
La comida butanesa es extremadamente picante, aunque también para mi sorpresa deliciosa.
Cuando leí que iba a viajar al reino de la guindilla me preocupé un poco. Después de nuestro viaje a Zhangjiajie en la región china de Hunan, donde la guindilla era la estrella y tuvimos que sobrevivir a base de arroz blanco y pan, no sabía si iba a resistir 7 días con esa dieta. Por suerte no fue así.
El país está perfectamente adaptado al turismo y en los restaurantes para turistas puedes tomar comida sin picante o con «poco». Como la mayoría de los turistas que lo visitan son indios y chinos, principalmente lo que encontrarás son platos de la gastronomía de éstos. Suelen ofrecer un bufet con opciones de carne, tallarines, verduras y arroz.

Pero vayas a donde vayas siempre tendrás en la mesa el plato nacional: Ema datshi, guindillas con queso. Todos los días probábamos un poco, así nos íbamos adaptando al picante, bueno y también porque era difícil resistirse, estaba delicioso. Lo cierto es que gracias a eso, en dos o tres días, nuestro guía nos dijo que ya estábamos preparados para ir introduciendo platos butaneses y los últimos días de viaje hasta comió con nosotros, porque según decía él ya comíamos como «auténticos butaneses». Lo digo entre comillas porque para mi aquello seguía siendo fuego, aunque Jaime disfrutó del picante sin parar desde el primer hasta el último día. Sangay el resto del viaje se había negado a compartir mesa con nosotros, ¡comer sin guindillas era una tortura para él!.
Probamos varios estofados de carne buenísimos, pero recuerdo uno especialmente, era de cerdo con jengibre, manteca y por supuesto guindilla que fue espectacular. Creo recordar que se llamaba algo así como bayzum. Lo cierto es que Sangay se encargaba de pedirlo todo por lo que no me quedé con los nombres. Otro plato muy típico y muy rico son los momos. Aunque este plato es de origen nepalí, dada la cercanía también es frecuente encontrarlo aquí.
En el desayuno los butaneses toman té con mantequilla y arroz rojo con ezay, una pasta muy picante a base de chiles, cebollas y otros vegetales. Para los turistas en los hoteles ofrecen el típico desayuno a base de huevos, bacon, tostadas, fruta, porridge o tortitas.


Los hoteles en los que nos alojamos ya los he indicado en cada día del itinerario por lo que no voy a describirlos aquí.
Nosotros no elegimos ninguno de ellos, simplemente indicamos la categoría, en nuestro caso tres estrellas, y la empresa con la que contratamos el servicio se encargó de todo. Todos estuvieron bien pero me gustaron especialmente el de Thimphu y el del Valle de Phobjikha, a los que les pondría un sobresaliente por su confort, diseño y servicios. Si os vais a alojar en el Valle de Phobjikha a 3.000 m, os recomiendo que el alojamiento tenga calefacción ya que la temperatura baja de cero por las noches.
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Un choque cultural. Hemos podido vivir unos dias una realidad muy diferente. Un lugar único. Una experiencia que quedará para siempre en nuestras retinas.
Un inolvidable placer. Un sueño más hecho realidad 🙂 Contando los días para el próximo…